Hay una silla servida que nadie ocupa. Majo no se acuerda de haberla visto.
Vos sí podés reconstruir la noche — pieza por pieza, sin que nadie te la resuma.
El ventilador sigue prendido, dando vueltas sobre una cama que no recuerda haber tendido. Majo se despierta tarde, con la boca seca y la ropa de anoche todavía puesta, oliendo a cigarrillo ajeno. Faltan tres días para la muestra. Intenta armar la noche en orden — la acera, la pilsen, alguien dibujando — y se le corta en algún punto que no logra ubicar, como una canción a la que le falta un pedazo justo en el estribillo.
Sabe que estuvo en Cervantes, con los de siempre. Eso lo tiene claro. Lo demás se le deshace apenas trata de sostenerlo, y hay una parte de ella — chiquita, terca — que no quiere insistir demasiado, como si supiera de antemano que no le va a gustar lo que encuentre.
¿Por qué me sabe la boca a otro cigarrillo si yo no fumo?
Toca algo del cuarto.
Todos se ríen. Yo no le encuentro la gracia.
Vas a volver a la mesa de esa noche. No hay un orden correcto.
Majo vuelve a Cervantes con el estómago apretado, como si el pasaje mismo pudiera acusarla de algo. De día se ve distinto — más chiquito, menos peligroso — y por un segundo hasta le parece ridículo estar ahí parada, a plena luz, tratando de investigar una laguna de trago. Desde la entrada ve la puerta de Bellas Artes a un lado y los bares al otro, todavía cerrados o medio abriendo.
Si alguien me viera ahora, ¿qué le diría que estoy haciendo?
¿Por dónde empieza a preguntar? Todavía le quedan tres días completos antes de la muestra — o eso se repite, para no sentir que ya está atrasada.
Sube las escalas conocidas, saluda a la señora de siempre, y describe el cuaderno con un detalle casi exagerado — negro, con stickers, las esquinas ya peladas de tanto meterlo y sacarlo de la maleta — como si entre más precisa sonara, más probable fuera que apareciera. La señora se toma su tiempo, revisando una caja de cartón: dos paraguas, un buzo que nadie ha reclamado en meses, un termo. Nada que se le parezca.
"Si aparece yo se lo guardo", le dice, y Majo le agradece más de lo que la respuesta merece, solo por no haberse quedado sola con la pregunta.
A esta hora los bares apenas están abriendo: meseros sacando sillas, alguien trapeando la entrada. Majo pregunta en dos o tres, más por no quedarse quieta que porque espere algo. Nadie la reconoce, nadie recuerda una mesa de seis, y en uno le dicen —sin mala intención, pero sin mucho tacto tampoco— que de noche todo el mundo se ve igual de tomado, así que quién se va a acordar de una cara en particular.
Yo tampoco me acordaría de mí, con esa lógica.
De vuelta en la casa, con el cuarto ya oscuro, Majo abre el chat y se queda mirando el cursor parpadear más tiempo del que admitiría. No es solo un mensaje: es decidir si esto va a seguir siendo un chiste de "mera laguna" o si va a convertirse en otra cosa, algo que después no va a poder borrar tan fácil.
Elegí el mensaje que manda. No hay forma de deshacerlo después.
Un día entero por delante y ningún plan mejor que repetir lo de ayer, con más calma. Andá por donde quieras — nadie te apura, pero tampoco nadie te va a resolver nada solo por preguntar bonito.
De noche el pasaje cambia de cara: más neón, más ruido, más gente que no conoce de nada. Majo se mueve entre un par de bares sin afán, más por cansancio de estar sola en su casa que por esperar encontrar algo.
La calle está casi vacía, solo el ruido de fondo de un bar que todavía suena a dos cuadras. Alguien la para en la mitad de la cuadra, y el cuerpo se le tensa un segundo antes de reconocer quién es: Don Mario, pero fuera de su esquina de siempre, algo tembloroso, caminando en dirección contraria a la que debería si volviera a su rancho.
Le habla como si continuara una conversación que empezaron hace rato — sin saludo, sin contexto. Suelta un nombre que a ella no le suena de nada, después una fecha que tampoco, y algo de "la que faltaba en la foto" que dice bajito, casi para sí mismo, mirando al piso. Majo no le para muchas bolas; va cansada, quiere llegar, y esto ya es demasiado raro hasta para don Mario.
No le entendí ni la mitad. Y aun así no se me quita de la cabeza.
No recuerda haber llegado a la casa. Otra vez. Se despierta con la ropa de anoche puesta, el teléfono descargado en la mano, y esa sensación exacta del viernes — como si alguien le hubiera apagado la luz de la cabeza a mitad de frase.
En el chat hay un mensaje que nunca le dio a enviar, guardado como borrador desde algún punto de la madrugada: "don mario dijo qu". No terminó la frase. No hay ninguna nota, ninguna hora, nada que le diga qué pasó entre el momento en que empezó a escribir eso y el momento en que se despertó con la boca seca, otra vez sin nada.
Esto ya no se siente como una mera laguna. Se siente como que me está pasando algo, no como que se me olvida algo.
Queda un día antes de la muestra y Majo no tiene ni el cuaderno ni una versión de esa noche que le cierre del todo. Lo de Don Mario en la calle se le quedó rondando más de lo que esperaba — "y usté tampoco, pero eso lo entiende después" — y todavía no sabe si eso significa que debería tomárselo en serio, o dejarlo como lo que parece: puro trago hablando solo.
Esta elección también es definitiva.
Vuelve a la hora que quedaron, con menos horas de sueño encima de las que debería tener y una sensación rara en el cuerpo, como si algo se le hubiera adelantado sin avisarle. Don Hernán la reconoce y llama al sobrino, que aparece de mala gana, todavía medio dormido.
Antes de dejarla ver nada, el sobrino pide una clave del sistema — dice que así lo dejaron configurado después de un robo el año pasado. "Sin eso no le muestro nada", repite, sin mucho interés en la historia detrás de la pregunta. "A ver si de pronto ya la tiene."
Es la primera vez en todo esto que Majo busca a Don Mario a propósito, en vez de que él se le cruce. Quiere que le explique lo de la calle, lo de "usté tampoco" — necesita que se lo diga claro, sin el eco raro de la madrugada. Lo encuentra en su esquina de siempre, con el mismo cigarro a medio fumar, pero hoy más esquivo. En cuanto ella menciona esa noche, algo le cambia en la cara —apenas un segundo— antes de que vuelva a reírse de algo que no viene al caso y le ofrezca un trago que ella no acepta.
Esta vez fui yo la que lo busqué. Y aun así se las arregla para hacerme sentir que soy yo la que le está huyendo a algo.
Vuelve pasada la medianoche, cuando el pasaje ya se vació de gente y solo quedan las luces de neón reflejadas en el adoquín mojado. Hace frío para lo que hace normalmente en Medellín, o quizás es solo que a esta hora, sola, todo se siente más frío de lo que es.
Esta vez es él quien se le acerca primero, sin que ella diga nada, como si la hubiera estado esperando ahí, fumando en la oscuridad, sabiendo exactamente cuándo iba a volver.
¿Cómo sabía que iba a regresar? Yo ni siquiera se lo dije.
Después de tres días corriendo de un lado a otro, con la muestra ya prácticamente encima, Majo decide probar lo contrario: no insistir, no explicar de más, solo sentarse a tomar algo despacio y dejar que la pregunta salga sola, como de pasada. Le pregunta a don Hernán por el cuaderno casi sin mirarlo, entre sorbo y sorbo. Él le dice que le suena, que le da una vuelta y averigua, y sigue con lo suyo sin apuro.
Puede que esté perdiendo el tiempo. O puede que esto sea justo lo que no había probado: dejar de empujar.
La calma le dura poco. A media conversación, sin planearlo, Majo se levanta y le pregunta a la mesera de al lado si el bar de la esquina tiene cámara. No sabe bien por qué lo hace justo ahora — solo que de repente esperar un día más le parece insoportable.
Resulta que sí tienen. El que la maneja se la muestra casi sin que ella tenga que insistir mucho, medio aburrido, mientras sigue limpiando vasos como si esto no fuera nada especial.
El lunes, sin ningún aviso, el cuaderno aparece en la barra — como aparecen las cosas en el pasaje, sin que nadie diga cómo ni quién lo trajo. Es el mismo día de la muestra: quedan horas, no otro día entero, y Majo lo abraza contra el pecho un segundo, más aliviada de lo que esperaba, antes de darse cuenta de que don Hernán todavía no la deja ir.
Le muestra una foto vieja y mal revelada, sacada de una caja que guarda detrás de la barra: una compañera de la universidad, de hace treinta años, que dice haber olvidado por completo hasta este momento. Se la pasa con una mano que le tiembla un poco, y por un segundo Majo no sabe si lo que ve en su cara es nostalgia o otra cosa.
"La había olvidado por completo." Eso mismo podría decir cualquiera de nosotros, de ella, en un par de años.